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Aberraciones

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Description

Sobre Aberraciones Por Marisol MARRERO Leyendo el libro Aberraciones (Universidad de Los Andes, Consejo de Publicaciones, 1993) de Alberto JIMÉNEZ URE, se me vienen a la mente una serie de observaciones que me gustaría compartir con los lectores. Dice Lovera De Sola -en la contraportada del libro- que allí todo es al revés. No estoy de acuerdo con esto, pues, la obscuridad, la sombra, no es el revés del hombre, sino todo lo contrario: es parte de sí, lo impregna, lo adormece, lo arropa, es su propio «Yo», su revés y su envés. La novela nos habla de la sombra, pues, todo lo que posee substancia posee también una sombra. El ego se yergue ante la sombra como la luz ante la obscuridad. Por más que no queramos, somos imperfectos; hay aspectos inaceptables en nosotros mismos, y son estos aspectos los que se tratan en la obra. Incesto, masturbación, lujuria, lascivia, parricidio, violación y muerte son los contornos de la novela. Solo incorporando la «Sombra» al «Yo» podemos acceder a nuestra propia humanidad. Esto es, a mi parecer, lo que intenta hacer JIMÉNEZ URE: incorporar o aceptar la sombra como parte del hombre, como parte de sí, porque -seguramente- le ha molestado por largo tiempo. El libro -todo- es un encuentro con su aspecto más obscuro, pero suyo al fin. A través de la palabra, que se convierte en exorcismo, saca los demonios: es una suerte de «mea culpa» humana. El «Yo» reprimido estalla, sale a la luz; por eso debió dolerle mucho descubrir a los demás ese mundo tenebroso. Tuvo que ser un proceso doloroso, intenso, quebrantador de reglas (noche obscura del alma). Para nosotros, los escritores, la sombra es el otro: nada es ficción, la palabra es el hombre, consustancial con él. Ya lo decía la Biblia: «Y el verbo se hizo carne»; hombre, que equivale a decir Dios y Demonio, principio de todo, causa primigenia. Si ponemos atención en lo que se narra, si observamos profundamente, podemos aprender muchas cosas sobre la sombra del autor y sus contenidos psíquicos. Cuando la sombra aparece en el texto, reaccionamos ante ella con miedo: desagrado o desquicio. Queremos huir de lo obscuro, cerrar el libro, lanzarlo al piso; no queremos saber, huimos de la tenebra, la cortamos porque experimentamos o sentimos que nos persigue. La tradición cristiana original reconocía que el Mal se halla dentro de cada uno de nosotros, pero, el Nuevo Testamento sostiene que si un individuo cede ante el Mal su alma empieza un proceso psicológico negativo que termina conduciéndolo a la destrucción y la degración. Por eso el cristianismo ha perdido el contacto con la sombra, y no es de extrañar que -por ese proceso psicológico- el autor de Aberraciones se haya sentido excluido, rechazado, apedreado, porque saca a la luz lo peligroso, lo malo, lo diabólico que tenemos nosotros, esa extraña bestia que todos llevamos en nuestro interior y que, para salvarnos, proyectamos como Diablo, Lucifer o Angel de Luz. Angel Caído, qué extraña contradicción. Si observo la foto del autor en la contraportada del libro, me parece un ángel bueno, temeroso del Mal, luminoso, nada del diablo aquel que «tenía un enorme diamante por cerebro». ¡Brillante! En la santería criolla, la maldad la personifica Elegguá, el más poderoso después de Obalatá. Este Satán o Lucifer tiene veintiún aspectos malos; creo que JIMÉNEZ URE los desarrolla todos en su novela, incluso hasta la magia negra o la brujería de los congos (Palo de monte o mayombé) a través del perro-niño huérfano. No sé si es consciente o inconscientemente. Elegguá es lo peligroso, lo destructivo, sanguinario y astuto. Creció solo, y se hizo amigo del Dios de la Guerra, Oggún, pero, también este aspecto obscuro -este diablo- fue el primer vidente que enseñó a Orunlá la adivinación. Este personaje equivale al mago, al vidente de ojos de espejo de la novela, pues, sus poderes son diabólicos, pero tienen que ver con la salvación de la especie, con el acto primigenio (escena primordial) que, según los psicólogos, si es vista por los niños, debido a la promiscuidad, puede ser causante de deseos incestuosos, estimulando el Edipo. No sé por qué pienso que parte del drama interno que sufre el autor podría estar ahí, justamente. El escritor loco, desquiciado (Federico Flavios) y sus demás compinches, todos exitosos hombres de la Cultura, con todas las aberraciones posibles, son hijos de madres alcohólicas, promiscuas, lujuriosas, insaciables en el sexo, serpientes; son mujeres que profesan el culto al falo, pero ahí está el problema: ese culto se relaciona con Dionisos. El deseo místico de estar «lleno de Dios» tiene su origen en el éxtasis de Eros. Volvemos a lo mismo: Dios hombre y demonio, bueno y malo, terror y bondad (recordemos a Job). Otro aspecto que observo en el libro es la relación sadomasoquista en los personajes: ¿cómo pueden coincidir el dolor y el placer? Pues bien: el sadismo puede ser considerado como una expresión del aspecto destructivo de la sombra, del asesino que se esconde dentro de cada uno. Se trata de un rasgo específicamente humano que parece disfrutar con la destrucción. Existen seres que gozan con el asesinato y la tortura (Flavios y sus amigos) y este fenómeno está relacionado con la autodestrucción. No resulta -pues- sorprendente que el sadismo y el masoquismo sean fenómenos estrechamente relacionados y suelan aparecer juntos. El asesino autodestructivo se halla en el mismo centro de la sombra arquetípica, es el centro de la irreductible destructividad de los seres humanos (guerra, destrucción de la naturaleza, del ecosistema, del mundo en general). ¿Qué pasa cuando el ego se convierte en la sombra? Se pierden los amigos, la familia, el trabajo, las relaciones, hasta se pierde el piso, por eso hay que equilibrar muy bien el juego de luces y obscuridades, pues es peligroso sacar la «sombra»y no saber dominarla, no saber adaptarla o controlarla. Por lo menos a nivel psicológico es peligroso, no sé a nivel de la escritura, no lo he intentado; confieso que he tenido miedo. ¿Qué ha acarreado este libro a JIMÉNEZ URE? ¿Está solo o ha sido un éxito y le aplauden? -No sé, no lo conozco; simplemente, mi intuición me dice que algo no anda bien. Se metió con arquetipos muy peligrosos, aún no sabemos mucho de ellos, por lo menos como manejarlos, como domeñarlos, como hacerlos propios, aceptándolos sin que nos dañen. Para finalizar, recuerdo que el cuerpo todo se ilumina con la sombra. Lucifer era Ángel de Luz. Afincarse en un solo aspecto es seguir con el mismo problema; la bondad sin la maldad no existe, es incompleta y -por lo tanto- artificial. El poeta Robert BLY, recordando la antigua tradición gnóstica, afirma que «nosotros no inventamos las cosas, sino que simplemente las recordamos».

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